martes, 28 de septiembre de 2010

EL ORIGEN DE PEPE CAHIERS

En el año 1996 me presenté a un concurso de cómics que organizaba el Salón del Humor y que estaba presidido por Antonio Mingote y cuyo jurado estaba encabezado por celebridades del humor como Chummy Chúmez, Forges y Máximo, entre otros. Naturalmente, como bien pueden imaginar, no solo no gané, sino que además fueron tan amables de no romperme las piernas por presentar semejante chapuza. No obstante, fue en esta historieta cuando nació el personaje de Pepe Cahiers, el que ustedes conocen por este blog. Tienen que tener en cuenta que el argumento es del año 1996 y algunas referencias y nombres tienen que ver con aquella época. Por otra parte, como no me devolvieron el original, lo que publico aquí es una fotocopia que he tenido que recortar viñeta a viñeta para poder pegarla en este artículo. Así que sean benévolos con este ínfimo dibujante.
















domingo, 26 de septiembre de 2010

ACHARD, EL ARTE DE LA CARICATURA

Michel Achard es un, relativamente desconocido, caricaturista francés, nacido y establecido en la bella localidad de Saint-Tropez. Profesor de pintura, ha sido un todo terreno en el mundo de la imagen, realizando dibujos animados, ilustraciones para cuentos, cómics y por supuesto las magistrales caricaturas que aquí les muestro. Un genio sin duda alguna.













jueves, 23 de septiembre de 2010

EL COLOR DEL DINERO


Han pasado unos cuantos años y Eddie Felson (Paul Newman), el mítico jugador de billar, que derrotó al Gordo de Minnesota, vive retirado y se dedica a un próspero negocio de licores, hasta que un día tropieza con Vincent (Tom Cruise) un alocado y brillante jugador que volverá a colocarlo en el mundillo que tuvo que abandonar por causas que no quiere recordar.

Eddie acompañara a Vicent y a su novia (Mary Elizabeth Mastrantonio) en un viaje en el que le enseñará como ser un buscavidas y ganar dinero gracias a sus habilidades innatas en el billar.


Hace unos días dediqué un artículo a "El buscavidas" de Robert Rossen y, en el mismo, decía que su tardía secuela, "El color del dinero", estaba a años luz de su referente original. En algunos comentarios pude leer que tal afirmación era exagerada y lo cierto es que reconocí mi dureza con el film de Scorsese, creyendo que quizás me había dejado llevar por un entusiasmo desmedido por el film de Rossen. Para ser sinceros, hacía una eternidad que había visto "El color del dinero" y sólo recordaba el escaso impacto que me produjo en su día. Pero, en justicia, debía volver a verla y así lo hice. Una vez visionada debo decir algunas cosas.


Lo primero que observo es que el personaje principal, Eddie Felson, conserva muy poco del personaje que fue. Un par de referencias breves a un pasado del que prefiere no hablar. Pero perfectamente podría haberse llamado John Smith o Juan López, porque, en realidad, Scorsese ha suprimido cualquier nexo de unión entre el pasado y el presente. Llama la atención que el personaje se parece más al ruin y despreciable Bet Gordon (George C.Scott) de "El buscavidas" que al propio Felson, con la única diferencia de que aquel se llevaba un 70% de las ganancias y este sólo el 60% de lo que gane su protegido Vincent. Aunque algo más benevolente que Gordon, su discurso es exactamente idéntico, basado en la importancia del carácter y, sobre todo, del único objetivo del billar que no es otro que el de ganar dinero. Solo en el último tercio del film podríamos encontrar algo del espíritu perdido del protagonista de "El buscavidas". Scorsese podría estimar que las circunstancias de la vida pueden hacer cambiar a un hombre, pero el peso especifico del primer film y su discurso final implacable ponen en cierto aprieto tales modificaciones. Dudo mucho que el jugador roto del film de Rossen fuera capaz de actuar como el hombre que sin duda desprecia.


Scorsese muestra sus habilidades innatas en las tomas sobre los tapetes verdes de la mesas de billar, sabe donde colocar la cámara y rueda con dinamismo las jugadas. La escena en donde el rostro de Newman se refleja en una bola negra es de lo más sugerente. El problema es que, una vez que se despega de la mesa de juego, no muestra nada, no hay tensión narrativa ni en los personajes ni en sus partidas. Decía Scorsese que el discurso de la película de Rossen le parecía desfasado y en virtud de ello, y para no cometer el mismo error, el brillante director elimina cualquier atisbo de diálogo mínimamente consistente. Las partidas entre Eddie Felson y el Gordo de Minnesota están llenas de tensión, de humo y alcohol, de relojes que marcan la titánica y larga lucha sobre una mesa de billar. En "El color del dinero" no existe ni un ápice de emoción en ninguna de sus partidas, todo es tan inocente como el chupete de un bebé. Es curioso que los diálogos, mínimamente interesantes, son aquellos que se inspiran en los del personaje de George C. Scott, sobre cuando se debe perder y cuando ganar.


Paul Newman está inconmensurable, pero no necesita esforzarse en un intento vano de demostrar su talento. Hay actores cuyo peso específico y presencia le ahorra un esfuerzo que ya no necesitan. Tom Cruise, por aquellos tiempos un actor emergente, gustó mucho en su época porque parecía romper con su carrera inicial y parecía apuntar a objetivos de mas enjundia. Pero Cruise no es Paul Newman, ni siquiera es Jackie Gleason, en esta película es más bien Risky Business y así actúa con todo un repertorio sobreactuado de saltitos y grandes gesticulaciones. Scorsese decía que los diálogos de "El buscavidas" no parecen actuales. En parte es lógico, al fin y al cabo es una película de principios de los 60 y él elabora una de mediados de los 80, tal y como lo representa el hecho de que en las escena inicial observamos como Vincent juega en una máquina de marcianitos, identificación exacta de un personaje que manifiesta que la complejidad de un videojuego en superior al billar.

No obstante "El color del dinero" no es un film descartarle, muy al contrario, es un buen ejercicio de un director con talento, uno de los grandes de Hollywood e incrementa sus aciertos en cuanto se acerca mínimamente a su referente original. Como decía "El Tirador Solitario", en uno de sus comentarios, es como comparar Formula V con Pink Floyd y yo añadiría: Es como comparar "Eva María se fue" con "The dark side of the moon".

martes, 21 de septiembre de 2010

CRONICAS DEL SAVOY

Conocí a José Luis Alvite a través de las ondas, en el programa de radio de Carlos Herrera, en el que de vez en cuando leía una historia que tenía como telón de fondo El Savoy. Con su voz profunda nos contaba historias de boxeadores sonados, cantantes de tres al cuarto, matones, periodistas de los bajos fondos y demás pobladores de las largas noches de humo y alcohol. Comentaba Carlos Herrera que José Luis tiraba a la papelera el folio escrito una vez que lo había narrado. Afortunadamente, alguien debió rescatarlos de tan inmerecido final, para publicarlos en el libro que hoy les recomiendo, "Historias del Savoy". Pero si tienen oportunidad, no dejen de escucharlo en su crónica semanal en Onda Cero. Por lo pronto aquí les dejo algunos fragmentos de sus relatos.

Al pobre Sony «Sweet» Sullivan con los golpes en el ring se le hinchaba incluso la saliva. Al final de su carrera le renovamos los papeles para un viaje al extranjero y estaba tan destrozado que la foto del pasaporte recuerdo que se la hicieron acostado. Fue muy duro lo suyo. Pero el pobre Sony sólo lamenta haber perdido tanta vista, que necesita gafas para ver sus propias lágrimas.

Detesto relacionarme con esa gente aburrida y saludable con la que únicamente podrías coger el vicio de no fumar.

Dice un viejo cliente del Savoy que el fracaso es el único sitio en el que puedes sentirte seguro. Nadie intenta quitarte el último puesto.

El ambiente estaba tan cargado que casi no se veía el humo.


Lorraine Webster ha perdido buena parte de su voz. A veces suena como un murciélago atrapado en el desagüe del inodoro y otras veces se rehace milagrosamente hasta alcanzar la espeluznante sonoridad de una moneda en un bidé. Por sobrecogedor que parezca, Lorraine Webster le debe al tabaco haber alcanzado el sincero refinamiento de una voz que lo que se merece no es una crítica, es un diagnóstico.


A estas alturas creo que ya todos sabemos que el jefe del Savoy es Ernie Loquasto, un tipo escarmentado por la vida que ya sólo se da prisa para perder el tiempo. Fue él quien me dijo que «de un tipo se sabe que es tranquilo cuando entre cigarrillo y cigarrillo, aprovecha para fumar». Una madrugada y también me dijo que «un buen reloj sólo sirve para que las mujeres elogien tus modales». Acerca del matrimonio las ideas de Ernie son relativamente pintorescas. Suele decir que «el segundo matrimonio es una manera como otra cualquiera de separar el primero del tercero». Algo parecido le escuché al jefe cuando una noche en el club se me dio por evocar paisajes. Ernie me miró y me dijo: «¿El paisaje? Bobadas, Al. El paisaje sólo es lo que un fugitivo necesita para cambiar de ciudad».

Del bueno de Larry el pianista escribió en una ocasión el reportero Chester Newman: «Este tipo viajó mucho antes de recalar en el club de Ernie Loquasto. Nunca paró mucho en los sitios. Se dice de él que entraba en las ciudades buscando expresamente la salida. En un local nocturno de Baltimore todavía le recuerdan como el pianista que debutó con su última actuación. A sus pies les cuesta seguirle los pasos. Pero Larry tiene una memoria emocionada de las cosas y de los lugares por los que pasó. La noche que le conocí en el Savoy, su partitura en el atril era un mapa de carreteras».


A menudo lo mejor de un beso es que el carmín no engorda.

Según el jefe a una corista el humo es la prenda que mejor le sienta.

La mujer más hermosa es siempre la de la mesa de al lado.


Un tipo del Savoy dijo hace unos días que la familia es una enfermedad de transmisión sexual.

Con el paso de los años los muchachos del Savoy nos hemos ido haciendo mayores, Ernie Loquasto dice que incluso su saliva es postiza, al columnista Chester Newman se le nota que a veces escribe con el descreimiento de alguien que ya solo considerase noticia el suicidio de la muerte.

viernes, 17 de septiembre de 2010

EL BUSCAVIDAS


Dos tipos llegan a un bar. Se hacen pasar por vendedores con dinero que les quema en los bolsillos. Juegan una partida de billar y el más joven, algo borracho tras unas cuantas copas de whisky JST Brown, pierde. Tras una maniobra de engaño, típica de dos buscavidas, engañan a los parroquianos y les sacan unos cuantos dólares, lo suficiente para ir tirando de partida en partida. Después de una noche de hotel barato, llegan a una ciudad y se dirigen a unos billares subterráneos. El ambiente es ideal para un jugador, el olor a tabaco, alcohol y las mesas iluminadas han sido testigos mudos de mil partidas, de triunfos y derrotas, de largas noches de competición bajo el sonido de las bolas.


En ese lugar Eddie Felson (Paul Newman) desafiará al Gordo de Minnesota (Jackie Gleason), bajo la atenta mirada del astuto Bert Gordon (George C. Scott). Eddie es arrogante, la partida eterna, el reloj testigo paciente e inflexible y el joven jugador será derrotado sin piedad por un excelente jugador, un veterano cuya serenidad corre por sus venas.

Después, Eddie abandonará a su compañero de viajes, su apoderado viejo y cansado (Myron McCormick) y emprenderá una nueva vida en compañía de una mujer que se encuentra, ocasionalmente, en una estación de autobuses. Sarah (Piper Laurie) es un juguete roto por la vida, alcohólica y solitaria que verá en Eddie una esperanza, una salida a una vida de tristeza y desesperación. Pero el joven jugador caerá en las despiadadas garras de Bert Gordon, especulador que se enriquece a costa de los jugadores que caen bajo su dominio.

Esta es la historia de "El buscavidas", un film de uno de los directores marcados por la caza de brujas, Robert Rossen y no cabe la menor duda de que, en cada fotograma, se respira la angustia de un hombre que fue obligado a convertirse en un delator. Porque, en un principio, Rossen fue capaz de mantener cierta dignidad, pero en sucesivas comparecencias fue desmoronándose hasta que llegó al punto más humillante, cuando delató a 57 supuestos simpatizantes del partido comunista. Pasó de defender sus derechos como hombre libre de pertenecer a cualquier asociación o partido político, a renegar de su filiación y a dar una serie de nombres que arrastró al mismo fétido callejón de escarnio y difamación. La primera consecuencia de sus comparecencias en el comité de actividades antinorteamericanas, fue el fulminante despido por parte de la Columbia en pleno rodaje en México de la película "The Brave Bulls". Tal experiencia debió marcarle profundamente y en su filmografía se respira cierto aire de derrota y angustia. Pero, sobre todo, significó una renuncia a pensar en idealismos y falsos delirios de heroísmo, tal y como lo reflejó en la muy interesante "Llegaron a cordura", en donde los supuestos comportamientos dignos de medallas no son nada más que la piel que oculta la miseria humana.


"El buscavidas" narra la historia de unos personajes estancados en la vida. No tienen futuro y su vida transcurre día tras día sin nada en el horizonte. Para el personaje de Newman sólo hay otra partida sobre el tapete verde, otro desafío bajo los focos de algún tugurio de mala muerte. Tan solo el saberse excepcional en su dominio del juego le hace ser mejor que los demás y dignificarse como ser humano. Sarah vive consumiendo el tiempo, perdida en una estación de autobuses para distraerse, olvidada por su familia que le envía dinero para mantenerla alejada. Es una lisiada no solo por su cojera o por sus tendencias alcohólicas, sino porque no existe más aliciente que el transcurrir de una vida triste. Tanto Paul Newman como Piper Laurie están sencillamente geniales en sus respectivos papeles. El primero, contenido y sobrio, capaz de transmitir sus miedos e inseguridades sin las coletillas habituales del Actors Studio y ella en un papel de peso dramático que aportó prestigio a su carrera. George C. Scott, que acababa de realizar "Anatomía de un asesinato", encarna perfectamente el papel de manager ambicioso y depravado al que sólo le interesa el dinero, sentando en una silla, bebiendo leche y viendo como algunas almas derrotadas caen ante sus pies. Jackie Gleason está perfecto en su papel del Gordo de Minnesota y además, al ser un jugador brillante de billar, no necesitó ser doblado en algunas secuencias en las que se requería una especial pericia.

La Fox, que había dado carta blanca a Rossen para el proyecto de "El buscavidas", se arrepintió al contemplar los resultados. Una película de personajes difíciles que se desenvuelven en un mundo sórdido, y una historia de amor nada convencional, entre un buscavidas y una lisiada aficionada al alcohol, no era lo que la productora tenía en mente y quiso a toda costa intervenir en el montaje para aliviar la tensión emocional. Pero, la película es grande en cuanto a sus miserias, y se redime de las misma en un final apabullante, en el que el insensato y arrogante Eddie Felson ha dejado atrás esa condición, ha madurado víctima de una experiencia que le marcará para el resto de su vida. Se presenta para desafiar al Gordo de Minnesota y, sobre todo, para derrotar al ambicioso personaje interpretado por Scott. En un emotivo discurso final Eddie, tras derrotar a su contrincante, arremeterá contra el peso que lleva en su conciencia. Es una liberación que contrasta con el conformismo de quién ya ha vendido su alma para siempre, un abatido Jackie Gleason que con su mirada lo dice todo en esa escena final. Lo definía a la perfección Antonio Drove en un artículo de la revista Nickel Odeon: "La muerte de Sarah le da a Eddie la fuerza y el carácter que no tenía, y vence a El Gordo. Pero se niega a pagar el tanto por ciento a Bert. Sabe que, con eso, ya nunca podrá jugar al billar. Fue una historia de amor asincrónica la de Eddie y Sarah: se quisieron, pero no al mismo tiempo."

En 1986 Paul Newman retomó el papel de Eddie Felson en "El color del dinero" y le hizo ganar el Oscar que en 1961 le había arrebatado Maximilian Schell por "Vencedores y vencidos". La película fue dirigida por un Martin Scorsese poco entusiasmado y que tenía una visión poco afortunada de "El buscavidas": "Admiro mucho la tentativa de Rossen: la película es magnífica visualmente, pero los largos discursos de los personajes, los juicios morales que continuamente hacen sobre sus actos, me parecían desfasados. Ese no es realmente el estilo de los jugadores de billar, por lo menos en nuestra época". Con estas palabras se cargaba literalmente el alma de la película, lo que realmente la hace grande, no sólo el ir y venir de unos personajes a la deriva, sino el discurso cotidiano y realista del mundo que describe. Por eso "El color del dinero", siendo estimable, está a años luz de el film dirigido por Robert Rossen.